Tras el corazón verde

agosto 25, 2007 at 5:54 pm Deja un comentario

A veces no tropiezas con las piedras del camino.

Acostumbrada a tener que mantener el equilibrio en diversas ocasiones después del encontronazo súbito con alguna, y a agacharte en otras para recoger de entre la gravilla aquella que te ha hecho morder el polvo, y con la cual has descubierto que quizá podías construir algo hermoso o cuando menos real, aprendes a ir ojo avizor. A ser consciente de los pasos. Aprendes a descalzarte y sentir cada pequeño grano en tu piel, cada arista. La dureza, la suavidad. Cómo el terreno se adapta a tu planta… o tus poros a él. La humedad, el frescor, la calidez.

Estás atento. Eres consciente de los momentos, de cada momento presente. Y, de tanto en tanto, entre la arena, entre el lodo, entre los guijarros… captas un brillo. El brillo de los rayos de la tarde entre las hojas otoñales, que se hace eco en un cristal que parece semienterrado en el sendero.

Y te acercas. Sin miedo, te aproximas pues crees apreciar algo diferente ahí. Y te sorprenden las tonalidades desplegadas por esa pequeña piedra, y al frotar ligeramente el polvo acumulado, parece que el bosque ha reconquistado la batalla invernal y vuelve a resurgir la primavera con denodadas fuerzas. Es indescriptible. Es hermoso. Es tan… verde. Tan refulgente. Tan vivo. Y algo en tu corazón de aguamarina empieza a latir con una frecuencia parecida. Lo recuerdas. Recuerdas esto. Los hayedos. Los brezales. El musgo. Esa tonalidad que lo arropa todo, que te acuna, que te da esperanza.

No osas alzarla en tu mano. Se perderían, quizá, los colores? Es tan minúscula como aparenta, o, como témpano virado al mar de hierba, esconde una gema más grande bajo la superficie? Y sigue latiendo. El corazón. La naturaleza. El mundo.

Es una preciosa esmeralda. Sin pulir. Con imperfecciones. Con incrustaciones de otros materiales. Pero eso la convierte si cabe en aún más bella. Más auténtica.

Y curiosamente no te sientes extraña. Es como si la entendieras. En parte. Cómo si os comunicarais de alguna manera, la piedra y tú. Cómo si os conocierais de antes, cómo si vuestras vibraciones no fueran tan lejanas. Cómo si hubierais encontrado el hogar, o al menos un remedo de hogar en esta vasta inmensidad.

Uno con los tonos de la selva bajo la lluvia. Uno con los reflejos del mar entre las rocas.

Y sonríes. Y te alegras. Y una lágrima asoma, también, de unos ojos oceánicos. Porque las piedras preciosas son un tesoro. Son frágiles, y cambiantes. Hay que cuidarlas. Permitir que les dé la luz, pero también garantizarles rincones de sombra.

Mucho tiempo ha, en un recodo no olvidado, descubrí la que ahora es una maravillosa amatista. Y me sorprendí constatando ese hecho. Y di las gracias por eso hace unos días, con los pies descalzos en campos árabes.

Con lo que mi encuentro con ese entrañable berilo verde significa algo especial. Al fin y al cabo, yo sigo siendo un berilo. Azul, finalmente. Y los berilos son piedras de poder.

Mis inicios fueron amarillos. Me crecí en los verdes. Y en el azul me encuentro. Es una bonita paleta. Una energía concreta. La de mi alma. La de mi espíritu.

Espero pues seguir viendo brillar a esa pequeña gema verde durante mucho tiempo. Y que una parte de nuestros caminos, esa que reflejará los fuegos artificiales en la noche oscura, esté unida para siempre. Porque el universo ha colocado las estrellas ahí por algo. Porque nos lo merecemos.

PD. Y el camino es sorprendente, y descubres que un guijarro unos metros más allá es un rubí, algo apagado bajo el lodo, y sin embargo con muchísima energía… ojalá no se consuma, ni se enturbie…

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Entry filed under: En lo más profundo, Make your mind an ocean.

Por fin en sus Palantiri… Un brindis con Maiko

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